martes, 27 de julio de 2010

Atrapada -Por Stephenie Meyer-

Desconfiada, Sheba vio que Gabe Christensen caminaba hacia ella. Vislumbró su propia cara en la mente de aquel chico y comprendió que había estado... buscándola a ella.

Se permitió disfrutar de aquella breve distracción —sa­biendo que Cooper se había convertido en su esbirro y que unos pocos minutos de demora no cambiarían nada— y regodeándose con la deliciosa ironía. ¿Conque Gabe de­seaba que Sheba se ocupara de él en persona? Bien, pues le haría el favor de complacerlo. Ello haría que su desgracia fuese aún más dulce, ya que él iba a ser quien la elegiría. Se enderezó cuanto pudo y permitió que el vestido de cuero le acariciase la figura de modo provocativo. Sabía lo que cualquier varón humano sentía cada vez al examinar aquel vestido.

Pero el insolente la miraba a los ojos.

Era peligroso mirar a los ojos a una diablesa. Los hu­manos que se quedaban mirando demasiado tiempo po­dían quedarse atrapados. Se quedaban prendidos a la dia­blesa por toda la eternidad, y ardían por ella...

Reprimiendo una sonrisa, Sheba, a su vez, lo miró a los ojos con toda la intensidad de que fue capaz. Pobre necio.

Gabe se detuvo a escasa distancia de la chica, lo bas­tante cerca para no tener que hablar a gritos. Sabía que es­taba mirándola con demasiada deliberación; ella iba a juz­garlo un maleducado o un tipo raro. Pero, por el contrario, ella le devolvía la mirada con la misma deliberación, son­dándole los ojos.

Abrió la boca con intención de presentarse, pero, de pronto, la chica adoptó una expresión de pasmo. ¿De pasmo? ¿No sería de horror? Entreabrió los labios y profi­rió un leve jadeo que Gabe oyó. La abandonó la rigidez y comenzó a desplomarse.

Gabe saltó hacia ella y la sujetó antes de que llegara al suelo.

Cuando el fuego la abandonó, Sheba notó que le fa­llaban las piernas. Su llama interna se apagó, se desecó, de­sapareció como tragada por un tornado.

Había dejado de hacer frío en la estancia, y allí no olía más que a sudor, a colonia y a aire viciado. Ya no podía sa­borear las deliciosas desgracias que había creado. Lo único que podía saborear era su propia boca, reseca.

Pero sentía los poderosos brazos de Gabe Christensen que la estaban sosteniendo.

El vestido de la chica era blando y cálido. Tal vez ése fuera el problema, pensó Gabe mientras la sujetaba. A lo mejor, lo caldeado del ambiente y el vestido bastaban para explicar su desfallecimiento. Ansioso, Gabe le apartó de la cara los sedosos mechones de pelo que se la ocultaban. La frente estaba fresca, y la piel no estaba pegajosa de sudor. Pese a todo, ella no apartaba los ojos de él.

—¿Te encuentras bien? ¿Te tienes en pie? Perdona, pero no sé cómo te llamas.

—Estoy bien —contestó la chica con voz suave, ron­roneante y, sobre todo, sorprendida—. Me... me tengo en pie.

Se incorporó, pero Gabe prefirió no soltarla. No que­ría. Y ella tampoco hacía ademán de apartarse. Había apo­yado las menudas manos en sus hombros, como si fue­ran una pareja de baile.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó ella con aquella voz sibilante.

—Gabe... Gabriel Michael Christensen —dijo, ar­mando una sonrisa—. ¿Y tú?

—Sheba —respondió ella, con los oscuros ojos cada vez más abiertos—. Sheba... Smith.

—Bueno, pues ¿te apetecería bailar, Sheba Smith? Si te sientes bien, claro.

—Sí —susurró ella, casi para sí misma—. Sí, ¿por qué no?

Seguía mirándolo a los ojos.

Sin moverse de donde estaban, Gabe y Sheba se adap­taron al compás de un nuevo adefesio de canción. Sin embargo, en aquel momento Gabe no encontró que la espan­tosa música fuese tan molesta.

Gabe hizo un resumen mental de la situación. Chica recién llegada. Vestido impresionante. Había venido con Logan, a quien, tras pedirle que la acompañara a la fiesta, había dejado plantado. Durante medio segundo, Gabe dudó sobre si estaba mal que estuviera dejando a su amigo sin pareja. Pero la duda no tardó en disiparse.

En primer lugar, Logan estaba disfrutando de la no­che en compañía de Libby. ¿Por qué iba a interrumpir algo que estaba destinado a ser como era?

Y en segundo lugar, Logan y Sheba no pegaban ni con cola.

Gabe siempre había estado en posesión de un instinto muy fino para aquella clase de cosas: para los caracteres que se compenetraban, para las personalidades que armo­nizaban entre sí. Había sido el blanco de muchas bromas que lo tachaban de casamentero, pero a él no le importaba. A Gabe lo que le importaba era que la gente fuese feliz.

Y aquella chica en particular —Sheba—, con su in­tensidad y aquellos pozos que se le abrían en los ojos, no casaba con Logan.

Al tocarla, aquel desesperado sentimiento de necesi­dad había comenzado a remitir. Gabe se sentía mucho me­jor ahora que la tenía entre los brazos, como si aquello amortiguase la urgencia de la extraña súplica. Ella estaba a salvo; ya no se ahogaba ni se perdía. Gabe temía sepa­rarse de ella, pues le preocupaba que la apremiante sen­sación se reprodujese.

Para Gabe, era extraño sentirse en el lugar apropiado y en el momento justo, con total comodidad. No era la primera vez que estaba con una chica; tenía cierto éxito entre sus compañeras y había pasado por diversas rela­ciones esporádicas que, en cualquier caso, nunca habían durado. Siempre había otra persona que resultaba ser más apropiada que él y, por otra parte, ninguna de ellas había necesitado a Gabe de verdad, a no ser como amigo. Lugar en el que, por cierto, siempre se había mantenido.

Nunca le había ocurrido algo parecido a lo que le es­taba pasando en aquel momento. ¿Es que pertenecía a aque­lla chica, cuya esbelta figura estaba abrazando y prote­giendo?

Consideró una tontería pensar de un modo tan fata­lista y se propuso esforzarse en actuar con normalidad.

—No hace mucho que has llegado a Reed River, ¿ver­dad? —le preguntó.

—Hace sólo unas semanas —contestó ella.

—Me parece que no coincidimos en ninguna asigna­tura.

—No. Me acordaría si alguna vez hubiese estado cerca de ti.

Era una extraña manera de expresarlo. Ella se le su­mergía en los ojos con la mirada, y sus manos continua­ban apoyándosele en los hombros. Instintivamente, Gabe se le acercó un poco más.

—¿Te lo estás pasando bien? —le preguntó.

Ella profirió un suspiro procedente de lo más íntimo de su ser.

—Ahora sí —respondió con inexplicable tristeza—. Muy bien.

¡Atrapada! ¡Como una idiota, como una cachorra re­cién salida del infierno, como una novata, como una de­butante!

Incapaz de resistirse, Sheba se acomodó entre sus bra­zos. Observó aquellos ojos celestes y experimentó la ridícula necesidad de suspirar.

¿Cómo era posible que no hubiese identificado indi­cios de lo que iba a ocurrir?

La bondad rodeaba a aquel chico como si fuera un es­cudo. Su influencia sobre él se había estrellado sin hacerle me­lla. Las únicas personas que habían estado a salvo de su malicia—aquellas pequeñas burbujas de felicidad que escapaban a su control— eran las que trataba y tocaba, eran sus amigos.

¡Por sí solos, aquellos ojos debían haberla puesto so­bre aviso!

Celeste había demostrado ser más inteligente que ella. Por lo menos, sus instintos la habían mantenido apartada de aquel peligroso espécimen. Una vez libre de la inten­sidad de la mirada de Gabe, había sabido preservar una distancia prudencial. Y además estaban los motivos que habían llevado a Gabe a elegir a Celeste. ¡Estaba claro por qué se había sentido atraído por ella! Las piezas del puzzle encajaban a la perfección.

Sheba se balanceó siguiendo la pulsión que retumbaba en el ambiente, al calor de la protección y la seguridad que le ofrecía el cuerpo de Gabe. Unos finos hilos de felicidad comenzaban a infiltrársele en su desolado interior.

¡No! ¡Cualquier cosa menos la felicidad!

Si ya comenzaba a alegrarse, entonces otras cosas más beneficiosas no se harían esperar. ¿Es que no había modo de evitar la horrible maravilla del amor?

No, si una se encontraba en brazos de un ángel.

Pero Gabe no era un ángel verdadero. Carecía de alas y tampoco era uno de esos bobos angelotes que entregaban las plumas y la vida eterna a cambio del amor humano. Sin embargo, había alguien en su familia que sí lo había sido.

Gabe era una suerte de ángel a medias que, además, desconocía su condición. Si lo hubiese sabido, Sheba lo habría oído en su mente y habría escapado a su divino ho­rror. Pero, como Sheba estaba teniendo ocasión de com­probar, era evidente; podía paladear el aroma de los asfó­delos que emanaba de su piel. Además, saltaba a la vista que había heredado los ojos de un ángel, los mismos que deberían haberla prevenido, de no haber estado tan cen­trada en estrategias perversas.

Había una razón para que diablesas tan experimen­tadas como Jezebel desconfiaran de los ángeles. Si para un humano resultaba arriesgado mirar a los ojos a un dia­blo, mucho más arriesgado era para un diablo caer embru­jado bajo la mirada de un ángel. Cuando un demonio le mantenía la mirada a un ángel durante demasiado tiempo, el demonio quedaba atrapado en los fuegos del infierno hasta que el ángel se diese por vencido en su pretensión por salvarlo.

Porque ésa era la misión de los ángeles. Los ángeles sal­vaban.

Sheba era un ser inmortal, y se quedaría empantanada durante tanto tiempo como Gabe conservara su preten­sión de estar con ella.

Un ángel común habría identificado al instante la ver­dadera naturaleza de Sheba, y la habría echado de allí si fuese lo bastante poderoso, o la habría evitado en caso contra­rio. Sin embargo, Sheba tenía una idea exacta de lo que su presencia provocaría en los sentidos de alguien con la voca­ción salvadora de Gabe. Inocente por carecer de una expe­riencia que necesitaba comprender, la condición maldita de Sheba debía de haberlo atraído como el canto de una sirena.

Impotente, contempló el hermoso rostro de Gabe y notó que la invadía una oleada de felicidad. Se preguntó hasta cuándo duraría aquella tortura.

Hasta entonces, lo bastante para haberle aguado una fiesta que se anunciaba perfecta.

Desposeída de su fuego infernal, Sheba ya no ejercía ninguna influencia sobre los mortales que estaban en la sala. Sin embargo, a su pesar, era muy consciente de que su trabajo se estaba viniendo abajo.

Cooper Silverdale soltó un grito de espanto al ver que tenía una pistola en la mano. ¿En qué había estado pen­sando? Devolvió el arma a su lugar, bajo la chaqueta, y co­rrió al baño, en donde, acometido por violentas arcadas, vomitó el ponche que había bebido.

Los desórdenes estomacales de Cooper interrumpie­ron la pelea en la que se habían enzarzado Matt y Derek a puño limpio y que estaba teniendo lugar en el cuarto de baño de hombres. Los dos amigos se miraron las caras amo­ratadas. ¿Por qué se peleaban? ¿Por una chica que no le gustaba a ninguno de los dos? ¡Qué tontería! Tal era su ne­cesidad de pedirle disculpas al otro, que estuvieron inte­rrumpiéndose durante un rato. Al fin, con una sonrisa en los labios partidos y pasándose el brazo por los hom­bros, ambos regresaron a la pista de baile.

David Alvarado había desestimado su proyecto de ata­car a Heath después de la fiesta, ya que Evie le había per­donado que desapareciera con Celeste. Ambos estaban bai­lando, mejilla con mejilla, al parsimonioso compás de una canción romántica, y él no conocía motivo que pudiese llevarle a abandonarla.

Pero David no era el único que se sentía de aquel modo. Como si la canción que sonaba fuese mágica en lugar de insípida, las personas que estaban en la sala se dirigieron, cada una, hacia el chico o la chica con los que debían ha­berse emparejado desde un principio, y de ese modo trans­formaron el misterio de la noche en felicidad.

El entrenador Lauder, solitario y deprimido, dejó de mirar las galletas, bastante poco apetecibles, y observó la tristeza que le pesaba en los ojos a la vicedirectora Frinkle. Ella también se sentía sola. Con una sonrisa dubitativa en la cara, el entrenador se le acercó.

Sacudiendo la cabeza y pestañeando como si acabara de despertarse de una pesadilla, Melissa Harris empujó a Tyson y se fue corriendo hacia la salida. Buscaría al con­serje y pediría un taxi...

Como una cinta elástica demasiado estirada, el am­biente de la fiesta de Reed River inició su lenta venganza. Si Sheba no hubiese dejado de ser quien era, habría tirado de aquella cinta hasta romperla en pedazos. Pero la situa­ción era otra, y la desgracia, la ira y el odio iban desvane­ciéndose. Las mentes que habían sido sus prisioneras vol­vían a relajarse, a buscar la alegría, a darse amor a manos llenas.

Incluso Celeste se cansó del alboroto. Se quedó con Rob, estremeciéndose ligeramente al recordar unos ojos azules perfectos, mientras una canción lenta se fundía con la siguiente.

Tampoco Sheba y Gabe advertían que las canciones terminaban y que empezaban otras.

¡Toda la desgracia y todo el dolor destruidos! Aun en el caso de que lograra liberarse, Sheba caería muy bajo en el escalafón diabólico. ¿Cuál era la verdadera injusticia?

¡Y Jezebel! ¿Acaso lo tenía todo planeado? ¿Habría in­tentado distraer a Sheba para que no advirtiera que un me­dio ángel campaba a sus anchas por la fiesta? Ya no tenía modo de saberlo, pues había perdido la capacidad de ver a Jezebel —ya estuviese riéndose o rezongando— al extin­guirse su fuego infernal.

Descontenta consigo misma, Sheba suspiró de felicidad. Gabe era balsámico. Hacía que ella se sintiera realmente bien, como nunca hasta entonces.

¡Sheba debía escabullirse antes de que la felicidad y el amor acabaran con ella! ¿Se quedaría atrapada para siem­pre junto al celestial retoño de un ángel.

Gabe le sonrió, y ella volvió a suspirar.

Sheba sabía lo que Gabe debía de estar sintiendo en aquellos momentos. Los ángeles nunca eran más felices que cuando hacían felices a los demás, y cuanto mayor fuese la felicidad inspirada, mayor era la felicidad sentida. Teniendo en cuenta lo desgraciada y miserable que había sido Sheba, Gabe tenía que estar que no cabía en sí de gozo, como si tuviera alas y pudiese volar. El jamás desearía que ella se marchara.

A Sheba sólo le quedaba una última oportunidad de regresar a su lamentable, desgraciado, requemado y apes­toso hogar. Que Gabe le ordenase volver en aquel mismo instante.

Sopesando aquella posibilidad, Sheba se sintió aún peor, notó que su desgracia previa seguía dispuesta a re­cibirla de nuevo. Al notar que ella se desmoronaba, Gabe la abrazó con más fuerza, y la desgracia de Sheba naufragó en la satisfacción. Con todo, mantuvo la esperanza.

Contempló aquellos ojos angelicales y llenos de amor y sonrió en alas de los sueños que le inspiraban.

«Eres la encarnación del mal —se recordó a sí misma. Tienes verdadero talento para la desgracia. Co­noces todas las vertientes del sufrimiento. Podrías esca­parte de esta emboscada y recuperar tu existencia anterior.»

Vistas las cosas, con todo el dolor y el perjuicio que Sheba era capaz de provocar, ¿sería posible que aquel chico angelical la mandase al infierno?


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Uf al fin ^^

este es el final de la historia original (y mi parte favorita)

todavia no tengo una idea clara de como seguire la historia asi que publicare cuando la inspiracion venga a mi (espero hacerlo hoy)


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