lunes, 26 de julio de 2010

El baile -Por Stephenie Meyer-

Gabe miró hacia el otro extremo de la pista de baile  y frunció el ceño.

No sabía muy bien por qué le había pedido a Celeste que fuese con él a la fiesta, y menos aún por qué ella le ha­bía respondido que sí. Verla en aquellos momentos, tan abrazada a Heath McKenzie que éste debía de tener difi­cultades para respirar, no hacía más que aumentar sus du­das. Los cuerpos de ambos se habían fusionado dando lu­gar a una masa indivisible que se agitaba siguiendo un ritmo propio, que poco tenía que ver con el de la música que col­maba la sala. Las manos de Heath erraban por el deslum­brante vestido blanco de Celeste con notable audacia.

—Mala suerte, Gabe.

Gabe apartó la mirada del espectáculo que su pareja estaba dando y observó a su amigo, que se le acercaba.

—Hola, Bry. ¿Cómo te va la noche?

—Mejor que a ti, tío, mejor que a ti —repuso Bryan, sonriente. Levantó la copa, llena a rebosar de un ponche de color bilioso, como para brindar. Gabe llevó la botella de agua que tenía en la mano hasta la copa de su amigo y suspiró.

—No tenía ni idea de que Celeste sintiese algo por Heath. ¿Qué pasa? ¿Es su ex o algo así?

Bryan bebió un sorbo de aquel líquido siniestro, es­bozó una mueca y sacudió la cabeza.

—No, que yo sepa. Ni siquiera los había visto hablando antes de esta noche.

Ambos miraron a Celeste, quien, al parecer, había per­dido algo muy querido en el interior de la boca de Heath.

—¡Up! —dijo Gabe.

—Tal vez se deba al ponche —aventuró Bryan con ánimo de alentar a su amigo—. No sé si alguien le habrá echado algo en la copa, pero ¡ay! Es probable que no sea consciente de que está con alguien que no eres tú.

Bryan bebió otro sorbo y su expresión volvió a con­traerse.

—¿Por qué bebes eso? —inquirió Gabe.

Bryan se encogió de hombros.

—No lo sé. A lo mejor porque espero que, después de haberme tragado el vaso entero, la música empiece a parecerme un poco menos patética.

Gabe asintió.

—Sí, el oído no perdona. Debí haberme traído el iPod.

—Me gustaría saber dónde está Clara. ¿Existe alguna ley femenina que les exija pasarse un tanto por ciento de la noche reunidas en el cuarto de baño?

—Así es. Y quienes no la cumplen se arriesgan a sufrir castigos ejemplares.

Bryan soltó una carcajada, pero fue momentánea. La sonrisa se le desvaneció, y estuvo un rato jugueteando con la corbata.

—En cuanto a Clara... —dijo

—No tienes por qué decir nada —afirmó Gabe—. Es una chica estupenda. Estáis hechos el uno para el otro. Estaría ciego si no lo viera.

—¿Seguro que no te importa?

—Te dije que la invitaras a venir contigo al baile, ¿no?

—Sí, me lo dijiste. Sir Galahad se anota otro tanto. Pero ahora en serio, tío, ¿es que tú nunca piensas en ti y sólo en ti?

—Claro, de vez en cuando. Oye, pero hablando de Clara... Más te vale que se lo pase muy bien esta noche o tendré que romperte la nariz —Gabe sonrió—. Ella y yo todavía somos buenos amigos, así que no creas que no voy a llamarla para preguntarle qué tal.

Bryan suspiró, pero, de pronto, notó un nudo en la garganta. Si Gabe Christensen pretendía romperle la na­riz, no le iba a costar demasiado. A Gabe no le impor­taba arañarse los nudillos o ganarse un borrón en su expe­diente si ello servía para enderezar algo que, a su juicio, estaba torcido.

—Cuidaré de Clara —dijo Bryan, con la esperanza de que sus palabras no fuesen interpretadas como un com­promiso. Había algo de Gabe y sus penetrantes ojos azu­les que le hacía sentirse... como si tuviera que dar lo me­jor de sí mismo. De vez en cuando, se le hacía irritante. Con gesto asqueado, Bryan vació el resto de lo que quedaba en el vaso sobre un musgo seco que adornaba la base de una higuera artificial—. Si es que llega a salir del servicio.

—Buen chico —aprobó Gabe, pero la sonrisa se le aguó. Celeste y Heath habían desaparecido entre la gente.

Gabe no sabía qué se debía hacer cuando a uno lo de­jaban plantado en el baile de fin de curso. ¿Cómo iba él a responsabilizarse de que ella llegara a su casa sana y salva? Y ese Heath, ¿a qué se dedicaba?

De nuevo, Gabe se preguntó por qué había tenido que pedirle a Celeste que fuese con él a la fiesta.

Era una chica muy guapa, espectacular. Cabello rubio platino —tan poblado y suave que parecía pelusa—, ojos castaños y separados, y labios curvos y siempre tocados por un leve rubor. Los labios no eran la única parte curva en ella. Con aquel vestido ceñido y corto que se había puesto, hacía que Gabe perdiese la cabeza.

Sin embargo, él no se había fijado en ella por su as­pecto. La razón había sido otra muy distinta.

Una razón estúpida, por cierto, y vergonzosa. Gabe ja­más se lo contaría a nadie, pero lo cierto era que, de vez en cuando, percibía que una persona necesitaba ayuda. Que lo necesitaba a él, en particular. Había notado aque­lla inexplicable sensación al conocer a Celeste, como si, en algún lugar, bajo el inmaculado maquillaje, la estilizada rubia estuviera escondiendo a una doncella en apuros.

Una razón muy estúpida y, obviamente, equivocada. En aquel momento, Celeste no parecía necesitar la ayuda de Gabe.

Volvió a escudriñar la pista de baile sin distinguir su brillante cabellera y suspiró.

—Hola, Bry. ¿Me echabas de menos? —Clara, que lle­vaba el pelo, rizado y oscuro, lleno de purpurina, se separó de un grupo, de chicas y se unió a ellos, junto a la pared. El resto de sus amigas se dispersó—. ¿Qué pasa, Gabe? ¿Y Celeste?

Bryan le pasó un brazo por los hombros.

—Creí que te habías marchado —le dijo—. Imagino que tendré que cancelar la noche loca que acabo de pla­near con...

El codo de Clara aterrizó sobre el vientre de Bryan.

—La señora Finkle —dijo Bryan para concluir, jadeante, señalando a la vicedirectora, que vigilaba la estancia con ojos feroces desde la esquina más alejada de los altavoces—. Íba­mos a clasificar suspensos a la luz de las velas.

—¡Oye, pues por mí no te lo pierdas! Creo que he visto al entrenador Lauder junto a las galletas. Tal vez me acer­que a convencerle de que nos vayamos a hacer flexiones.

—O a lo mejor podríamos ir a bailar —sugirió Bryan.

—Claro. Eso tampoco estaría mal.

Riéndose y abrazados, ambos se marcharon hacia la pista de baile.

A Gabe lo alegró que Clara no esperase respuesta a la pregunta que le había hecho. No habría sabido qué decirle, y eso le parecía un tanto embarazoso.

—Hola, Gabe. ¿Dónde está Celeste?

Gabe hizo una mueca y se dio la vuelta para encon­trarse con Logan.

Por el momento, Logan también estaba solo. Tal vez se debía a que su pareja también había ido a reunirse con sus amigas.

—Pues no lo sé —admitió Gabe—. ¿La has visto?

Logan apretó los labios durante un momento como si estuviese debatiéndose entre hablar o callarse. En un gesto de nerviosismo, se pasó la mano por los oscuros cabellos.

—Bueno, creo que sí. Pero no estoy muy seguro... Lleva un vestido blanco, ¿no?

—Sí. ¿Dónde está?

—Creo que la vi en la entrada. No podría asegurár­telo. Costaba verle la cara... Porque la cabeza de David Alvarado se la cubría por completo...

—¿David Alvarado? —exclamó Gabe, sorprendido—. ¿No te confundirás con Heath McKenzie?

—¿Con Heath? Qué va. Era David, seguro.

Heath era un fornido defensa de fútbol americano, ru­bio y más bien pálido. David apenas sobrepasaba el metro cincuenta de estatura, era moreno y tenía el cabello de co­lor negro. No había manera de confundirlos.

Logan sacudió la cabeza con pesar.

—Lo siento, Gabe. Menudo asco.

—No te preocupes.

—Al menos no estás solo en el club de los solteros —se lamentó Logan.

—¿En serio? ¿Qué ha ocurrido con tu pareja?

Logan se encogió de hombros.

—Está por ahí, en algún lugar de la fiesta, mirando con cara hosca a todo el mundo. No quiere bailar, no quiere hablar, no quiere ponche, no quiere sacar fotos y tampoco quiere estar conmigo —fue contando con los dedos cada una de aquellas negativas—. Es que no entiendo por qué ha querido venir al baile conmigo. Probablemente, lo único que le apetecía era presumir de vestido, el cual, tengo que reconocer, es el no va más.... Ojalá hubiera venido con otra persona.

Logan paseó una mirada soñadora por un grupo de chicas que bailaban entre ellas en un área libre de hom­bres. Gabe tuvo la impresión de que Logan se fijaba en una de ellas en particular.

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Esta es la primera parte de la historia por Stephenie Meyer ^^

La publicare toda antes de empezar a escribir mi parte :D

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