martes, 27 de julio de 2010

Distraccion -Por Stephenie Meyer-

La fiesta estaba en su momento álgido, y las piezas iban encajando una a una.

Celeste, muy metida en su perverso juego, estaba ga­nando muchos puntos. Se adjudicaba un punto por cada chica que se iba a lloriquear a un rincón de la sala, y dos por cada chico que le daba un puñetazo a su rival.

Las semillas que Sheba había plantado crecían por toda la sala. El odio estaba floreciendo y, con él, la lujuria, la ira y el desasosiego. Era un jardín venido del infierno.

Sheba disfrutó de todo ello oculta tras el tiesto en el que se levantaba una palmera.

Ella no podía obligar a los humanos a que hiciesen algo en particular. Ellos gozaban de libertad de elección desde su nacimiento, de modo que sólo podía tentarlos, sugerir­les. Había pequeñas cosas —tacones altos, costuras, mús­culos menores— que sí podía manipular, pero su poder no bastaba para alterar el funcionamiento de un cerebro. Sus víctimas debían optar por escuchar lo que les insinuaba. Y aquella noche lo estaban escuchando.

Sheba estaba lanzada y no quería dejar cabos sueltos, así que antes de volver a su proyecto más ambicioso —Cooper iba intoxicándose poco a poco y estaba casi prepa­rado— hizo que sus pensamientos recorrieran la estancia en busca de aquellas pequeñas y exasperantes burbujas de felicidad que todavía resistían.

Nadie iba a salir de aquella fiesta sin un rasguño. No mientras a Sheba le quedase una chispa en el cuerpo.

Allá... ¿Qué era aquello? Bryan Walker y Clara Hurst se miraban el uno al otro con ojos soñadores, totalmente ajenos a la ira, el desasosiego y la pésima música que los rodeaba, y dedicados a pasar el rato en buena compañía.

Sheba consideró las alternativas existentes y decidió que Celeste debía intervenir. Aquella humana iba a disfru­tarlo: nada mejor que hacer alarde de tu poder frente al amor verdadero. Además, Celeste seguía a pies juntillas todas las indicaciones que le sugería Sheba y podía adaptarse a cualquier plan diabólico.

Sheba continuó con su labor de análisis antes de pa­sar a la acción.

No muy lejos, descubrió que había cometido un error imperdonable. ¿No era aquél su supuesta pareja, Logan, pasándoselo en grande? Imposible. Parecía que había encontrado a la tal Libby y que ambos eran ho­rrorosamente felices. En fin, no iba a ser muy difícil rectificar aquel detalle. Iría a recuperar a su pareja y haría que Libby se marchara corriendo a sollozar en una es­quina. Sí, actuar de una manera tan física no dejaba de ser poco profesional y burdo, pero, con todo, siem­pre era mejor que permitir que la felicidad ganase la más mínima batalla.

La evaluación de Sheba llegaba a su fin. Sólo restaba un pequeño foco de paz, y, para variar, no se trataba de una pareja, sino de un chico que pululaba por el extremo opuesto de la sala. El insufrible Gabe Christensen.

Sheba frunció el ceño. ¿Y por qué tenía ése que estar feliz? Lo habían rechazado y estaba solo. Su pareja era el azote de la fiesta. En sus circunstancias, cualquier chico del montón estaría a rebosar de rabia y dolor. ¡Pero él in­sistía en hacerla trabajar!

Sheba inspeccionó la mente de Gabe con mayor aten­ción. Mmm. Lo suyo no era verdadera felicidad. De he­cho, en aquel momento estaba muy preocupado y buscaba a alguien. Tenía a la vista a Celeste, quien se retorcía en compañía de Rob Carlton al son de una canción lenta (Pamela Green asistía al espectáculo con estupefacción, y era una delicia ver cómo su despecho se desparramaba alrededor), pero ella no era el motivo de su turbación. Era otra la persona a la que buscaba.

Así que Gabe no era feliz, pero, no obstante, la felici­dad no era el sentimiento que estaba transgrediendo la at­mósfera de desgracia que Sheba había creado. Se trataba, muy al contrario, de la bondad que aquel chico exudaba. O incluso algo peor.

Sheba se agachó tras la palmera y continuó sumida en sus pensamientos. Comenzó a salirle humo por la nariz.

—Gabe.

 

 

 

Gabe sacudió la cabeza con aire ausente y retomó la búsqueda.

Había estado esperando durante media hora, y había visto a multitud de chicas salir del cuarto de baño, unas detrás de las otras. De vez en cuando sentía algo, pero nada que se pareciera a la exasperada y vehemente necesidad de aquella chica en particular.

Una vez que tres grupos de chicas distintos hubieron entrado y salido del baño, Gabe detuvo a Jill Stein y le pre­guntó si sabía algo de ella.

—¿Cabello negro y vestido rojo? No, no he visto a na­die con ese aspecto. Además, creo que el baño está vacío.

La chica debía de habérsele escapado.

Gabe volvió a la pista de baile, reflexionando sobre la joven misteriosa. Por lo menos, Bryan y Clara, por una parte, y Logan y Libby, por la otra, se estaban divirtiendo. Bien por ellos. En lo que concernía al resto, la noche pa­recía estar siendo espantosa.

Y entonces, volvió a asaltarle aquella sensación. Sin­tiendo la desesperación que había estado buscando, Gabe levantó la cabeza. ¿Dónde estaba ella?

 

 

 

Frustrada, Sheba resopló. La mente de aquel chico es­taba sobria y se resistía como ninguna otra a su insidiosa influencia. Pero aquello no bastaba para detenerla. Cono­cía otros caminos.

—Celeste.

Era hora de que la chica mala atormentase a su propia pareja.

Sin tener que esforzarse, Sheba le indicó a Celeste los pasos a seguir. Al fin y al cabo, a juzgar por los criterios humanos, Gabe poseía un evidente atractivo. Desde luego, un atractivo suficiente para Celeste, cuyos criterios deja­ban bastante que desear. Gabe era alto y fibroso, con ca­bello oscuro y facciones proporcionadas. Tenía los ojos de color azul claro, rasgo que Sheba, personalmente, encon­traba un poco repulsivo —eran tan puros, tan elevados, ¡ay!— y que, no obstante, encandilaba al resto de las mor­tales. A aquellos ojos claros se debía que Celeste hubiese aceptado la invitación del santurrón.

Y menudo santurrón. Sheba entrecerró los ojos. Gabe ya había estado en su punto de mira en otras ocasiones. Había sido él el que había desbaratado los planes que le tenía reservados al lascivo profesor de Matemáticas, los cuales habían constituido una especie de preparativo de la fiesta donde Sheba se ocupó de que cada persona eligiese a la pareja equivocada. Si Gabe no se hubiese en­frentado al señor Reese en aquel momento crítico de ten­tación... Sheba apretó la mandíbula y empezó a expulsar chispas por los oídos. Habría logrado arruinar a aquel tipo y también a la pequeña, tan inocente. En todo caso, el señor Reese no había estado tan cerca de caer, pero ha­bría sido un escándalo fenomenal. Fuera como fuese, el profesor de Matemáticas se había vuelto extremadamente cauteloso, pues estaba preocupado con aquellos dicho­sos ojos claros. Había llegado a sentirse culpable. Qué demencial.

Gabe Christensen le debía la resolución de cierto mis­terio. Y Sheba obtendría lo que le correspondía.

Miró a Celeste y se preguntó por qué no iniciaba el acoso a su pareja. Celeste seguía colgada de Rob, dis­frutando del dolor de Pamela. ¡Bastaba ya de entretenimiento! Había estragos que causar. Sheba susurró en la mente de Celeste una serie de consejos y la encaminó ha­cia Gabe.

Celeste se desentendió de Rob y miró a Gabe, quien todavía continuaba escudriñando la multitud. Las mi­radas de ambos se encontraron durante un segundo y, acto seguido, Celeste regresó a los brazos de Rob, aco­bardada.

Curioso. Los ojos claros de Gabe parecían repeler a la rubia despiadada tanto como a ella misma.

Sheba volvió a intentarlo, pero, por primera vez, Ce­leste sacudió la cabeza y perseveró en su intento de olvi­dar a Gabe por medio de los ansiosos labios de Rob.

Desconcertada, Sheba recorrió la sala con el pensa­miento en busca de otra persona con capacidad para eli­minar a aquel renegado, pero, de repente, le surgió una ocupación mucho más importante.

Cooper Silverdale estaba temblequeando de ira a un lado de la pista de baile. Miraba a Melissa y a Tyson con los ojos desencajados. Melissa apoyaba la cabeza en el hom­bro de Tyson y no advertía la sonrisa vehemente que éste le dirigía a Cooper.

Era el momento de actuar. Cooper estaba decidiendo si debía tomar otro vasito de ponche para ahogar sus penas, pero estaba tan cerca de desmayarse que Sheba no se lo permitió. Se concentró en él y Cooper, aturdido, se dio cuenta de que el ponche era repugnante. Ya estaba harto. Tiró el vaso medio vacío al suelo y volvió a clavar la mirada en Tyson.

«Ella me considera patético —dijo la voz en la mente de Cooper—. Qué va, ni siquiera piensa en mí. Pero puedo lograr que no vuelva a olvidarse de mí en su vida...»

Con el sentido alterado por el alcohol, Cooper se llevó una mano a la espalda y acarició el cañón de la pistola que ocultaba bajo la chaqueta.

Sheba contuvo la respiración. Las chispas le salían a borbotones por los oídos.

Y luego, en el instante crucial, Sheba perdió la con­centración al notar que alguien la estaba mirando con de­susada intensidad.

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