lunes, 26 de julio de 2010

La Chica del Vestido Rojo -Por Stephenie Meyer-

Decidió ir a por otra botella de agua y buscar el rin­cón más tranquilo de la sala en el que poder sentarse a esperar a que la noche se arrastrara hasta su final.

Y entonces, mientras iba en busca de aquel rincón tran­quilo, Gabe notó de nuevo aquella sensación extraña, pero con una intensidad que desconocía. Era como si alguien se estuviese ahogando en aguas tenebrosas y le estuviese pidiendo ayuda a gritos. Frenético, miró alrededor con la intención de discernir la procedencia de la llamada. La vi­veza y la urgencia de su angustia lo abrumaban. No se pa­recía a nada que hubiera sentido hasta entonces.

Por un momento, fijó la mirada en una chica... en su espalda, que se alejaba de él. La chica tenía el cabello os­curo y brillante, con un brillo de lentejuelas. Llevaba un espectacular vestido largo del color de las llamas. Mientras Gabe observaba, sus pendientes emitieron un destello rojo.

Casi sin proponérselo, Gabe fue tras ella, atraído por el aura de necesidad que captaba a su alrededor. Ella se vol­vió a medias, y Gabe pudo divisar una palidez singular, un perfil aguileño —labios carnosos de marfil y cejas oscuras e inclinadas—, que quedó oculto en cuanto la chica trans­puso la puerta del baño de mujeres.

Gabe tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no seguirla hasta aquel territorio, para él, vedado. Notaba que el anhelo de ella lo succionaba como si fuera un pozo de arenas movedizas. Se apoyó en la pared en la que se abría la puerta del baño, se abrazó el pecho con fuerza y trató de convencerse de que debía aguardar a que la chica sa­liera. Aquel insano instinto suyo era un desvarío. ¿No era Celeste suficiente prueba de ello? No era más que un pro­ducto de su imaginación. Tal vez debía marcharse de allí sin perder un minuto.

Pero Gabe no fue capaz de alejar los pies ni siquiera un paso más allá de aquel lugar.

A pesar de que la chica, tacones de aguja incluidos, medía poco más de un metro cincuenta, había algo en su figura —estilizada y envarada como un florete de es­grima— que la hacía parecer más alta.

No obstante, las paradojas iban más allá de la altura: el oscuro de los cabellos que contrastaba con la lividez de la piel, la delicadeza y la rudeza de las facciones, pequeñas y afiladas, y las fuerzas de atracción y de repulsión que ema­naban de las hipnotizadoras ondulaciones que trazaba su cuerpo y de la hostilidad abierta que caracterizaba su ex­presión.

Sólo había una cosa que no caía en la ambigüedad. Su vestido, sin duda, era una obra de arte: unas lenguas bri­llantes y rojas de cuero incendiado que le descubrían los hombros, lamían sus sinuosas curvas y acababan besando el suelo. Mientras cruzaba la pista de baile, muchos pares de ojos femeninos la siguieron con envidia, y muchos pa­res de ojos masculinos, con deseo.

Pero a su paso también se producía otro fenómeno: mientras la chica del vestido explosivo rodeaba a quienes estaban bailando, se producían súbitos y mínimos esta­llidos de horror, dolor y vergüenza, formando remolinos que sólo podían deberse a una coincidencia. Un tacón alto se rompía y el talón que se apoyaba en él se doblaba. Un vestido de satén se descosía por la costura hasta la altura de la cintura. Una lentilla se caía y se perdía en la mugre del suelo. Una cinta de un sujetador se partía en dos y oca­sionaba un desaguisado. Una cartera se caía de un bolsi­llo. Un calambre inesperado anunciaba una temprana lle­gada de la regla. Un collar prestado se convertía en una lluvia de cuentas que se diseminaban por el suelo.

Y todo era así: desastres leves en torno a los que gira­ban pequeños círculos de desgracia.

La chica pálida de cabello oscuro sonrió para sí misma como si, de algún modo, pudiese sentir los destrozos que provocaba y disfrutara con ellos... y tal vez, también, como si los saborease, pues se pasó la lengua por los labios en se­ñal de satisfacción.

Tras lo cual frunció el ceño, y unas arrugas reconcen­tradas le surcaron la frente. La única persona que la estaba observando vio un extraño resplandor rojizo junto a los lóbulos de sus orejas, como de chispas rojas que salieran despedidas. En ese momento, todo el mundo se volvió para mirar a Brody Farrow, quien se asía el brazo y gritaba de dolor; se había dislocado el hombro con el mero movi­miento del baile.

La chica del vestido rojo sonrió excesivamente.

Taconeando sobre las baldosas del suelo, recorrió el vestíbulo hasta llegar al cuarto de baño de señoras. La si­guieron débiles lamentos de dolor y desazón.

En el interior del baño, un puñado de chicas revo­loteaban frente a los espejos que cubrían la pared hasta el suelo. Sólo tuvieron un momento para quedarse bo­quiabiertas ante el despampanante vestido y para advertir que la menuda chica que lo llevaba tiritaba por un momento, pese al asfixiante y viciado calor de la estan­cia, antes de que el caos subsiguiente las distrajera. Co­menzó por Emma Roland, quien se clavó en el ojo el ce­pillo del rímel. Con la impresión, hizo un aspaviento y derribó el vaso de ponche que Bethany Crandall tenía en la mano, y el líquido empapó a Bethany y alcanzó otros tres vestidos en los lugares menos indicados. La temperatura del ambiente se elevó de pronto cuando una de las chicas —que lucía una ignominiosa mancha ver­dosa que le cruzaba el pecho— acusó a Bethany de ha­berle tirado el ponche encima a propósito.

La chica pálida de cabello oscuro se limitó a sonreír ante la pelea que se fraguaba, tras lo cual caminó hasta el excusado más alejado y cerró la puerta.

No aprovechaba la intimidad de un modo convencio­nal. En lugar de ello, sin miedo a la escasa esterilización del medio en que se hallaba, la chica apoyó la frente en la pared de metal y cerró los ojos con fuerza. Sus manos, apretadas en pequeños y tenaces puños, también descan­saron sobre el metal, como buscando soporte.

Si alguna de las chicas que se encontraban en el cuarto de baño de señoras hubiese estado atenta, se habría pre­guntado qué era lo que provocaba el resplandor rojizo que se filtraba por la rendija abierta entre la puerta y la pa­red. Pero todas ellas tenían la cabeza puesta en otra cosa.

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Con ustedes la tercera parte!!

falta todavia la mitad de la historia antes de que empiece a escribir por mi cuenta *-* 

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