lunes, 26 de julio de 2010

Galahad el Puro -Por Stephenie Meyer-

—¿Qué tal con Libby?

Logan suspiró.

—No sé. Creo... creo que me habría dicho que sí si se lo hubiera pedido, pero... Qué más da.

—¿Cómo se llama la chica con la que has venido?

—Es la nueva, Sheba. Es un poco temperamental, pero guapísima, casi exótica. Cuando me insinuó que que­ría venir conmigo, me quedé tan pasmado que no pude negarme. Pensé que ella sería... que nos lo pasaríamos... bien... —la voz de Logan fue perdiéndose en dudas hasta cesar.

Lo que en realidad había pensado cuando Sheba le ha­bía ordenado, y no pedido, que la acompañase a la fiesta no era algo de lo que pudiese hablar en voz alta, y mu­cho menos con Gabe. Había muchas cosas que se vol­vían inapropiadas cuando estaba en las cercanías de Gabe. Con Sheba sucedía justamente lo contrario. Cuando ha­bía visto el enloquecedor vestido de cuero rojo que ella pensaba ponerse, se le había llenado la cabeza de ideas que de ningún modo juzgaba inapropiadas si ella lo miraba con aquellos ojos oscuros.

—Me parece que nunca he hablado con ella —dijo Gabe, interrumpiendo la breve ensoñación de Logan.

—Si lo hubieras hecho, te acordarías.

Pero Sheba no había tardado mucho en olvidar a Lo­gan una vez habían llegado a la puerta, ¿no era cierto?

—Oye, ¿crees que Libby habrá venido sola? No me suena que nadie le haya pedido...

—Eh, pues con Dylan.

—Ah —musitó Logan, cariacontecido. Luego, sonrió con desgana—. La noche es lo bastante nefasta como para no torturarse con estos temas... ¿Pero no iban a traer a un grupo de música? Ese pinchadiscos es...

—Tienes razón. Parece que nos estuviera castigando por nuestros pecados —juzgó Gabe, y profirió una car­cajada.

—¿Pecados? ¿Pero qué pecados puedes haber come­tido tú, Galahad el Puro?

—¿Me tomas el pelo? Por poco me expulsan y me quedo sin permiso para estar aquí esta noche —claro que, vistas las cosas, Gabe no acababa de ver en qué medida le favorecía encontrarse allí—. He tenido mucha suerte.

—El señor Reese se lo merecía. Nadie lo duda.

—Sí, cierto —dijo Gabe, tensándose de pronto. En el instituto, todos recelaban del señor Reese, pero poco pu­dieron hacer hasta que el profesor de Matemáticas cruzó una línea que no debía haber cruzado. Los de los últimos cursos también conocían bien al señor Reese y, sin em­bargo, Gabe no iba a permitir que acorralara a aquella no­vata de primer año... Con todo, noquear a un profesor era un poco radical. Seguro que podía haber solventado la situación de un modo mejor. De todas maneras, sus pa­dres, como siempre, le habían prestado su ayuda.

—Podríamos irnos, si te apetece —dijo Logan, inte­rrumpiendo sus pensamientos.

—Ya, pero no querría que Celeste se quedase sin que nadie la acompañe a casa...

—Mira, Gabe, esa tía no es tu tipo —«es perversa, una fulana en toda regla», podría haber añadido Logan, pero aquélla no era la clase de palabras que decir cuando se es­taba en compañía de Gabe—. Ya la acompañará el tío que le está metiendo la lengua hasta la garganta.

Gabe suspiró y meneó la cabeza.

—Esperaré hasta que sepa que no hay problema.

Logan soltó un bufido.

—Es increíble que se lo hayas pedido justo a ella. Vale, ¿y si nos escapamos un rato para ir a buscar un par de dis­cos decentes? Luego podríamos secuestrar ese montón de basura con el que el pinchadiscos nos está castigando...

—Bien pensado. Me pregunto qué opinará el conduc­tor de la limusina sobre un viajecito extra...

Logan y Gabe acabaron por enzarzarse en una discu­sión sobre cuáles eran los mejores discos a escoger —los cinco primeros eran evidentes, pero de ahí en adelante la lista se volvía subjetiva— y, mientras duró, pasaron un rato muy divertido.

Tenía gracia que, mientras bromeaban sobre el tema, Gabe tuviera la impresión de que ellos eran los únicos que se lo estaban pasando bien. El resto de la gente que ocu­paba la sala tenía aspecto de estar irritada por algo. Y en la esquina, junto a las galletas rancias, parecía que una chica estaba llorando. ¿No era Evie Hess? Y otra chica, Úrsula Tatum, tenía los ojos enrojecidos y el maquillaje corrido. Quizá el ponche y la música no eran las únicas cosas repugnantes en aquella fiesta. Clara y Bryan parecían felices, pero, a excepción de ellos dos, de Logan y de Gabe —teniendo en cuenta que estos últimos habían sido humillados y recha­zados hacía muy poco—, el resto del personal no estaba pa­sando un buen rato.

Menos perspicaz que Gabe, Logan no captó la negatividad que reinaba en el ambiente hasta que Libby y Dylan comenzaron a discutir. Libby salió de la pista de baile a grandes trancos, y entonces se dio cuenta.

Logan se revolvió, intranquilo, y fijó la vista en Libby, que se alejaba.

—Oye, Gabe, ¿te importa si te dejo?

—Para nada. Adelante.

Logan salió corriendo tras ella.

Gabe se quedó sin saber qué hacer. ¿Debía buscar a Celeste y preguntarle si no le importaba que se marchase? Sin embargo, lo incomodaba la idea de interrumpirla por el único motivo de hacerle aquella pregunta.

1 comentario:

  1. yeih! ya comence a leer ti historia ^^
    seguire leyendo *w*
    PD: CONECTATE! D:

    ResponderEliminar