martes, 27 de julio de 2010

Jezebel -Por Stephenie Meyer-

El excusado de la esquina del cuarto de baño se ha­bía quedado a oscuras. La chica que lo ocupaba estaba apo­yada en la pared, esperando mientras recuperaba el aliento. A pesar de lo caldeado del ambiente, la chica estaba tem­blando.

La disputa entre chicas se había acabado y había en­trado una nueva remesa, que estaba en aquel momento frente al espejo, repasándose el maquillaje.

La chica del vestido rojo se recompuso un poco y, luego, un nuevo chispazo rojo brilló junto a sus orejas. Quienes estaban frente al espejo se volvieron para mirar la puerta del baño, pero la chica del vestido rojo salió del excusado y, sin que nadie lo notara, se escabulló por una ventana. Ellas continuaron observando la puerta, a la espera del so­nido que las había hecho darse la vuelta.

La pegajosa y húmeda noche de Miami era tan desa­gradable como el clima del infierno. Vestida con su grueso vestido de cuero, la chica sonrió con alivio y se frotó los brazos.

Se permitió relajar el cuerpo apoyándose en un con­tenedor de basuras cercano, y se asomó por la abertura su­perior, de la que procedía un olor pestífero a comida podrida. Cerró los ojos, inhaló aquel aire con energía y recu­peró la sonrisa.

Otro olor, aún más corrupto, semejante al de la carne rancia y requemada o todavía peor, surgió en medio de aquella sofocante atmósfera. Con una sonrisa más amplia, la chica respiró aquel nuevo aroma como si se tratara del perfume más preciado.

Y, después, abrió los ojos y el cuerpo se le quedó tenso y recto.

Una risita se elevó desde la oscuridad aterciopelada.

—¿Añorando el hogar, Sheeb? —inquirió una voz fe­menina.

La chica, viendo aparecer a quien acababa de hablar, gruñó. Se trataba de una mujer hermosísima, de cabello oscuro, que parecía ir ataviada con una especie de niebla oscura que giraba perezosamente alrededor. No era posi­ble verle los pies ni las piernas... tal vez porque no tuviese. En su frente prorrumpían dos pequeños y pulidos cuernos de ónice.

—Chex Jezebel aut Baal-Malphus —ladró la chica del vestido rojo—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Tan formal te pones, hermanita?

—¿A mí qué me importan las hermanas?

—Comprendo. Somos miles y miles las que compar­timos ese mismo parentesco... Un ejército difícil de mane­jar. Mira, si te contentas con llamarme Jez, yo resumiré el Chex Sheba aut Baal-Malphus y te llamaré Sheeb.

Burlona, Sheba bufó.

—Creí que te habían asignado a Nueva York.

—Sí, pero me estoy tomando un descanso... como tú, por lo que veo —Jezebel señaló el lugar en el que estaba Sheba—. Nueva York es fabulosa, casi tan perversa como el mismo infierno, por si te interesa, pero incluso los ase­sinos se van a dormir de vez en cuando. Estaba aburrida, así que he venido a ver si os lo estabais pasando bien en la fiesssta —profirió una carcajada. La niebla oscura la rodea­ba bailando.

Sheba frunció el ceño, pero guardó silencio.

Inquieta, había vuelto a concentrarse en los confiados adolescentes que se encontraban en el interior de la sala de baile del hotel. Buscaba interferencias. ¿No habría venido Jezebel a entorpecerle sus propósitos? La mayoría de las diablesas se alejaban kilómetros de su camino por la única razón de molestar a una competidora de menor enverga­dura, hasta el punto de que, a veces, con tal de fastidiar, llevaban a cabo buenas acciones. Hacía una década, Balan Lilith Hadad aut Hamon se había hecho pasar por un ser humano para introducirse en uno de los institutos a cargo de Sheba. Esta había comenzado a notar, extrañada, que todas sus perversas maquinaciones acababan en un fi­nal feliz. Luego, al descubrir lo que sucedía, se había que­dado pasmada ante la audacia de Lilith, quien había orquestado tres casos distintos de amor verdadero simple­mente para que la descendieran de categoría. Por suerte, Sheba había logrado sacarse de la manga una buena trai­ción que, a última hora, se había llevado por delante dos de los enamoramientos. Sheba tomó aire. Entonces, ¡ha­bía estado muy cerca de volver al instituto de diablesas!

Sheba le hizo una mueca a la voluptuosa diablesa que tenía frente a sí, flotando. Si tuviese un trabajo tan fan­tástico como el de Jezebel —¡era una diablesa homicida, casi lo mejor a lo que se podía aspirar!—, Sheba se limi­taría al progreso del caos y se olvidaría de aquellas tri­vialidades.

Los pensamientos de Sheba, en busca de traiciones, se retorcían como un humo invisible por entre la gente que bailaba en la sala. Pero todo marchaba como debía. La desgracia estaba alcanzando nuevas cotas. El sabor de la infe­licidad humana le llenaba la mente. Delicioso.

Sabedora de las actividades de Sheba, Jezebel soltó una risa sofocada.

—Tranquila —le recomendó Jezebel—. No he venido para causarte problemas.

Sheba bufó. Pues claro que había venido a causarle problemas. A eso se dedicaban las diablesas.

—Bonito vestido —juzgó Jezebel—. Piel de sabueso del infierno. No hay nada mejor para incitar a la lujuria y a la envidia.

—Sé cómo hacer mi trabajo.

Jezebel volvió a reírse y Sheba, guiada por su instinto, se inclinó para recoger el sabor sulfuroso del aliento de la visitante.

—Pobre Sheeb, todavía anclada a un cuerpo semihu­mano —se mofó Jezebel—. Recuerdo lo bien que huele todo. Repulsivo. ¡Y sobre todo la temperatura! ¿Es que los seres humanos tienen que congelarlo todo con el mal­dito aire acondicionado?

La expresión de Sheba se había tornado sobria y rela­jada.

—Ya. Hay muchas desgracias que quedan por pro­vocar.

—¡Ése es el espíritu que se debe tener! Con sólo unos cuantos siglos más de experiencia, estarás a mi altura, pa­sándotelo en grande.

Sheba sonrió con satisfacción.

—O tal vez no falte tanto.

Jezebel alzó una ceja, que se elevó sobre su lívida frente hasta rozar uno de los cuernos.

—¿Pero qué me dices? ¿Te guardas en la manga algo particularmente maligno, hermanita?

Sheba calló y se volvió a tensar al percibir que Jeze­bel estaba enviando sus propios pensamientos hacia la fiesta que tenía lugar en el interior del hotel. Preparándose para devolver el golpe si Jezebel hacía ademán de deshacer al­guno de sus entuertos, Sheba apretó la mandíbula. Sin em­bargo, Jezebel se limitó a mirarlo todo sin tocar nada.

—Mmm —murmuró Jezebel—. Mmm.

Sheba cerró las manos cuando la inspección de Jeze­bel se acercó a Cooper Silverdale, pero, una vez más, aque­lla hermana suya se contentaba con observar.

—Bien, bien —murmuró Jezebel—. ¡Vaya! Tengo que admitirlo, Sheeb: estoy impresionada. Has introducido una pistola, nada menos. Y una mano, tan colmada de motivos como de alcohol, ¡que debilitará el juicio de ese des­dichado! —la diablesa más vieja sonrió con algo pare­cido a la franqueza—. Esto sí que es perverso. Es decir, una diablesa media dedicada a homicidios, alborotos o distur­bios podría montar algo parecido en una fiesta de estas ca­racterísticas, ¿pero una niña medio humana que trabaja en desgracias? Increíble. ¿Cuántos años tienes? ¿Doscientos, trescientos?

—Ciento ochenta y seis —repuso Sheba, todavía re­celosa.

Jezebel sacó una lengua de fuego por entre los labios.

—Estoy impresionada, insisto. Ya veo que no desatien­des lo que se te encomienda. Tienes ahí a una muchedum­bre desgraciada —Jezebel se rió—. Has acabado casi con todas las relaciones prometedoras, has roto varias docenas de amistades largas, has creado nuevas enemistades... y tres, cuatro, cinco, nada menos, cinco peleas avecinándose —enumeró Jezebel, con la mente puesta en la fiesta—. ¡In­cluso el pinchadiscos está bajo tu influencia! Eso es cuidar los detalles, desde luego. Puedo contar con los dedos de la mano a los miserables que aún no lo son del todo.

Sheba sonrió con sorna.

—Ya les llegará su turno.

—Horrendo, Sheeb. Infame de verdad. Eres un orgu­llo para las de nuestra estirpe. Si todas las fiestas de instituto tuviesen a una diablesa como tú, el mundo sería nuestro.

—Vaya, Jez, vas a hacer que me sonroje —ironizó Sheba.

Jezebel soltó una risotada.

—Claro que tienes un poco de ayuda, ¿verdad?

Los pensamientos de Jezebel rodearon a Celeste, que acababa de arrinconar a otro chico más. Las chicas plantadas lloraban y, entretanto, los chicos a los que Celeste se había quitado de en medio cerraban los puños y le lanza­ban miradas iracundas a sus competidores. Ardiendo de lujuria, todos y cada uno habían resuelto que Celeste acabaría la noche junto a ellos y no con los demás.

Aquella noche, Celeste estaba encargándose de la mi­tad de la labor.

—Me sirvo de las herramientas que están a mi alcance —explicó Sheba.

—¡Qué nombre tan cargado de ironía! ¡Qué mente co­rrupta! ¿Pero es humana de verdad?

—Me acerqué a ella al entrar, sólo para cerciorarme —admitió Sheba—. Huele a humano, puro y auténtico. Horripilante.

—Entiendo. Pues hubiera jurado que había un dia­blo entre sus ancestros. Todo un hallazgo. Sin embargo, Sheba, ¿qué es eso de que te hayas citado con alguien? No es muy profesional entablar contacto físico de esa manera.

Sheba alzó la barbilla en señal de agravio, pero no res­pondió. Jezebel tenía razón; servirse de la forma humana en lugar de la mente diabólica era burdo y poco fructífero. Aun así, lo único que importaba era el resultado. La pun­tual intervención de Sheba había logrado que Logan no descubriese al amor de su vida.

—En fin, en cualquier caso, eso no disminuye la al­tura de tus logros —contemporizó Jezebel—. Si termi­nas tu labor a este nivel, saldrás en los libros de texto de las futuras generaciones de diablos.

—Gracias —respondió Sheba. ¿Acaso Jezebel pensaba que adulándola de aquel modo lograría que bajase la guardia?

Jezebel sonrió, y los vapores que la rodeaban se torcie­ron por los bordes para imitar su sonrisa.

—Sólo un consejo, Sheba. Mámenlos sumidos en la con­fusión. Si no logras que Cooper apriete el gatillo, haz que al­guno de esos pandilleros en potencia crea que le están disparando —Jezebel estaba encandilada—. Percibo que esa fiesta es muy proclive al alboroto. Si bien es cierto que enviarán a una diablesa de los motines si la cosa se pone tensa, nadie podrá quitarte el honor de haber sido la que lo fraguó.

Sheba asintió, y las chispas relampaguearon junto a sus oídos. ¿Qué hacía Jezebel? ¿Dónde estaba la trampa? Re­corrió con la mente una y otra vez a todos los que partici­paban en la fiesta, pero no pudo encontrar ni rastro del sa­bor sulfuroso característico de Jezebel. Allí sólo había desgracia, la que ella misma había causado, y un puñado de focos de felicidad que pronto sofocaría.

—Me estás sirviendo de mucha ayuda, Jezebel —dijo Sheba con un tono deliberadamente ofensivo.

Jezebel suspiró, y algo en el modo en que sus vapores se replegaron le dio aspecto de estar... avergonzada. Por primera vez, Sheba tuvo dudas sobre las pretensiones de Jezebel. Sin embargo, consideró que, por fuerza, tenían que ser malvadas. No podía ser de otro modo tratándose de una diablesa.

Con expresión arrepentida, Jezebel le preguntó a me­dia voz:

—¿Tanto te cuesta creer que a mí me interese que te asciendan?

—Sí.

Jezebel volvió a suspirar. Y, una vez más, la niebla que la vestía se retorció de disgusto e hizo que Sheba ti­tubease.

—¿Por qué? —inquirió Sheba—. ¿Por qué te intere­sas en mis asuntos?

—Sé que está muy mal, o muy bien, según se mire, que yo te dé consejos que te ayuden en tu trabajo. No es muy perverso de mi parte.

Sheba asintió con cautela.

—Forma parte de nuestro carácter natural la tenden­cia a ponerle la zancadilla a todo el mundo, así se trate de diablos, humanos... e incluso ángeles, si se nos presenta la oportunidad. El mal es nuestra meta. Desde luego, tam­bién nos vengamos, así nos haya perjudicado la ofensa o no. No seríamos diablesas si no nos dejáramos guiar por la envidia, la gula, la lujuria y la ira —Jezebel añadió a sus palabras una risita—. Recuerdo que hace no sé cuantos años, Lilith estuvo a punto de lograr que bajaras varios puestos en el escalafón, ¿verdad?

Acicateados por aquel recuerdo, los ojos de Sheba se incendiaron por un momento.

—A punto.

—Lo supiste llevar con más eficacia que la mayoría. Eres una de las mejores de entre las que se dedican a la des­gracia, como ya sabes.

¿Volvían las adulaciones? Sheba se tensó.

Con un dedo, Jezebel hizo que sus vapores se elevaran y que luego trazasen círculos en el cielo nocturno.

—Pero hay algo aún más importante, Sheba. Las dia­blesas como Lilith no ven más allá del mal que tienen de­lante. Pero el mundo es muy grande y está plagado de se­res humanos que están constantemente tomando millones y millones de decisiones. Nosotras podemos torcer una mí­nima parte de esas decisiones. Y, a veces, visto desde mi pers­pectiva, da la impresión de que los ángeles nos aventajan...

—¡Jezebel! —protestó Sheba, fuera de sí—. Es nues­tro bando el que va ganando. Fíjate en las noticias de to­dos los días... Es evidente que los superamos.

—Lo sé, lo sé. Pero a pesar de todas las guerras y la destrucción... por alguna extraña razón, Sheba, todavía queda por ahí demasiada felicidad. Cada vez que convierto un atraco en un homicidio, hay un ángel del otro lado de la ciudad que hace que un testigo salte sobre el atraca­dor y lo detenga. ¡O que convence al atracador para que deje la mala vida! ¡Bah! Perdemos terreno.

—Pero los ángeles son débiles, Jezebel. Todo el mundo lo sabe. Están tan llenos de amor que no se pueden con­centrar. En la mitad de las ocasiones, los muy frívolos se enamoran de un ser humano y venden las alas a cambio de conseguir un cuerpo humano en el que materializarse. ¡Qué necios! —Sheba examinó su propio cuerpo, asquea­da—. Nunca he comprendido la necesidad de llevar un cuerpo durante medio milenio. Supongo que es sólo para torturarnos, ¿no? Los señores oscuros deben de disfrutar viendo cómo nos retorcemos.

—Su propósito es más elevado. Pretenden que apren­dáis a odiar a los seres humanos.

Sheba se la quedó mirando.

—¿Por qué me iba a hacer falta aprender? El odio es a lo que me dedico.

—A veces pasan cosas —repuso Jezebel—. Los ánge­les no son los únicos que tiran la toalla. También hay dia­blesas que han trocado sus cuernos por un humano.

—¡No! —en un principio sorprendida, Sheba pronto albergó sospechas—. Exageras. Hay diablesas que de vez en cuando se arriman a algún humano, pero sólo para atormentarlo. Se trata, simplemente, de un poco de diver­sión maligna.

Jezebel se estremeció y retorció los vapores hasta dar­les forma de ocho, pese a lo cual guardó silencio. Eso hizo que Sheba creyera en lo que había dicho.

—¡Vaya! —exclamó Sheba tras tragar saliva.

Nunca lo habría imaginado. Reunir aquella malig­nidad deliciosa y tirarla por la borda. Sacrificar un par de cuernos laboriosamente ganados —unos cuernos por los que Sheba, en aquel momento, destruiría cualquier cosa— para quedarse encerrada en un débil y mortal cuerpo humano.

Sheba le echó un fugaz vistazo a los refulgentes cuer­nos de ónice de Jezebel y frunció el entrecejo.

—No me explico cómo es posible que alguien sea ca­paz de una cosa así.

—¿Te acuerdas de lo que has dicho sobre los ángeles? ¿Que el amor los distrae? —le preguntó Jezebel—. Bueno, pues el odio también puede ser una distracción. Piensa en Lilith y en sus buenos actos, cargados de malas intenciones. Tal vez sólo sea un modo de meterse con las diablesas inferiores, pero ¿adonde puede llevarla? La virtud corrompe.

—No comprendo de qué modo jugarle una mala pa­sada a otra diablesa puede llevarte a ser tan estúpida como un ángel —murmuró Sheba.

—Sheba, no subestimes a los ángeles —la reprendió Jezebel—. Déjalos en paz, ¿me oyes? Incluso una po­derosa diablesa media como yo evita enzarzarse con uno de esos pajarracos emplumados. Ellos respetan la distan­cia, y nosotras también debemos respetarla. Deja que sean los Señores Diabólicos los que se encarguen de los ángeles.

—Ya lo sé, Jezebel. No fui engendrada hace diez años.

—Lo siento. He vuelto a intentar ayudarte —Jezebel se estremeció—. ¡Es que á veces me frustro tanto! ¡Con tanta bondad y luz como hay por todas partes!

Sheba sacudió la cabeza.

—No estoy de acuerdo. Es la desgracia la que abunda.

—Igual que la felicidad, hermana. Está por doquier —repuso Jezebel con tristeza.

Se produjo un largo silencio. La pegajosa brisa se pa­seaba por la piel de Sheba. Miami no era un infierno, pero, al menos, era confortable.

—¡No en mi fiesta! —sentenció Sheba, con súbita fie­reza.

Jezebel sonrió, y sus dientes, negros como la noche, quedaron al descubierto.

—Ya lo comprendo, ya sé por qué quiero ayudarte. Nos hace tanta falta que haya más diablesas como tú luciendo el mal. Necesitamos a las peores en primera fila. Dejemos que las Lilith vayan con sus pequeñas travesuras al embrollo del infierno. Pero que las Sheba se pongan de mi lado. Quiero a mil como Sheba. Así podremos ga­nar la batalla de una vez por todas.

Sheba dedicó un rato a sopesar lo que acababa de oír.

—Eso que dices es perverso, pero de un modo extraño, hasta el punto de que parece beneficioso.

—Sí, sé que es retorcido.

Ambas se rieron juntas por primera vez.

—En fin, vuelve a lo tuyo y destruye esa fiesta.

—Estoy en ello. Vete al infierno, Jezebel.

—Gracias, Sheeb. Lo mismo digo.

Jezebel le guiñó un ojo y luego sonrió hasta que los dientes parecieron cubrirle la cara. Se evaporó en la noche.

Sheba se demoró en el sucio callejón hasta que el arre­batador aroma del azufre se hubo disuelto del todo, y luego decidió que se había terminado el tiempo de descansar. Animada por la posibilidad de unirse a la primera línea de diablesas, Sheba volvió a toda prisa a atender sus desgracias.

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Aqui la quinta parte ^^

falta poco...

no puedo esperar para empezar a escribir yo *-*

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