Allí estaba, en la sala, aquella necesidad absorbente, tirando de él... como si alguien se estuviera ahogando y chillase pidiendo ayuda. Tenía que ser la misma chica. Gabe jamás había percibido una llamada tan urgente en su vida.
Desesperado, escudriñó la pista de baile, pero no la divisó. Caminó por los bordes, repasando las caras de quienes no estaban bailando, pero tampoco la encontró entre ellos.
Vio a Celeste con un nuevo chico, pero no se detuvo en eso. Si Celeste le pedía que la llevase a casa en aquel momento, tendría que decirle que no era posible. Había alguien que lo necesitaba más que ella.
La sensación se intensificó tanto que Gabe creyó por un momento que se estaba volviendo loco. A lo mejor, la chica del vestido rojo era un producto de su imaginación. Tal vez, la febril sensación de necesidad no era más que el principio de un delirio.
En aquel instante, los denodados ojos de Gabe encontraron lo que habían estado buscando.
Tras rodear al voluminoso y enfurruñado Heath McKenzie, Gabe se fijó en un destello de luz roja, pequeño pero brillante. Allí estaba —medio oculta tras una palmera artificial, con aquellos pendientes en los que chispeaban las centellas— la chica del vestido rojo. Sus oscuros ojos, profundos como el pozo en el que él se la había imaginado ahogándose, se encontraron con los de Gabe. La necesidad formaba un aura que vibraba alrededor de ella. Ni siquiera tuvo que decidir acercársele. Pensó que, de haberlo querido, no habría sido capaz de detenerse.
Estaba seguro de que, antes de aquella noche, nunca había visto a aquella chica. Era una perfecta extraña.
Sus ojos, oscuros y almendrados, eran serenos y cautelosos, pero, al mismo tiempo, lo estaban llamando a gritos. De ellos partía la necesidad que él sentía. Ya no podía resistirse a su súplica, aun en el caso de que el corazón se le parase.
Ella lo necesitaba.
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