La chica del vestido rojo apretó las mandíbulas con fuerza. De entre ellas brotó un borbotón ardiente e incendiado que dejó unas marcas oscuras en la delgada capa de pintura que protegía la pared de metal. Empezó a resollar, luchando contra un peso invisible, y el fuego, avivándose, envió gruesos dedos rojos a estrellarse contra la fría superficie de la pared. Las llamas le envolvieron el cabello, pero no le quemaron los suaves y oscuros mechones. Un humo tenue, a modo de jirones, empezó a salirle por la nariz y los oídos.
Y, al fin, sus oídos expulsaron una lluvia de chispas cuando ella pronunció entre dientes una única palabra:
—Melissa.
En la atestada pista de baile, Melissa Harris levantó la vista con aire distraído. ¿Era que alguien acababa de llamarla? No encontró a nadie que estuviese lo bastante cerca como para ser dueño de aquella voz susurrante. Sería cosa de su imaginación. Melissa devolvió la vista a su pareja y trató de concentrarse en lo que ésta le estaba diciendo.
Se preguntó por qué había aceptado ir al baile con Cooper Silverdale. No era su tipo; un chico menudo, consumido por los aires que se daba, con demasiado por demostrar. No había dejado de hablar en toda la noche, sobre su familia y sus posesiones, y Melissa estaba cansada de ello.
Otro susurro captó la atención de Melissa, que se dio la vuelta.
Allá, demasiado alejado para que la voz procediera de él, Tyson Bell la estaba mirando a los ojos mientras bailaba con otra chica. Estremeciéndose, Melissa bajó la vista de inmediato e intentó no adivinar con quién estaba Tyson y, sobre todo, no mirar.
Se acercó más a Cooper. Era aburrido y superficial, sí, pero mejor que Tyson. Cualquiera era mejor que Tyson.
«¿Ah, sí? ¿En serio crees que Cooper es la mejor opción?» Las preguntas se abrieron paso por entre los pensamientos de Melissa como si provinieran de una persona ajena. Sin querer, alzó la mirada y se encontró con las pestañas pobladas y los ojos oscuros de Tyson. Continuaba observándola.
Pues claro que Cooper era mejor que Tyson, y que el segundo fuese muy guapo no tenía nada que ver. El atractivo físico no era más que parte de la engañifa.
Cooper perseveraba en su cháchara, atragantándose con las palabras en un vano intento por ganarse el interés de Melissa.
«Cooper pertenece a una liga inferior a la tuya», le susurró la voz. Melissa sacudió la cabeza, avergonzada por pensar de aquel modo tan vanidoso. Cooper era tan bueno como cualquiera, tan válido como ella misma.
«No tanto como Tyson. Recuerda cómo era...»
Melissa intentó sacarse de la mente aquellas imágenes: los cálidos ojos de Tyson, llenos de añoranza... sus manos, rugosas y dulces, recorriéndole la piel... su voz vibrante, que hacía que las palabras cotidianas se transformaran en poesía... el modo en que le hervía la sangre cada vez que él le besaba los dedos...
Sintió que el corazón se le descompasaba de deseo.
Deliberadamente, Melissa convocó otros recuerdos para combatir aquellas imágenes intempestivas. El puño brutal de Tyson estrellándosele en la cara de repente, los puntos negros nublándole la mirada, el suelo al que se aferró con las manos, el vómito obstruyéndole la garganta, el dolor agudo que le recorrió todo el cuerpo...
«Lo sintió muchísimo. Lo sintió de verdad. Te lo prometió. Nunca más.» La imagen de los ojos color café de Tyson anegados en lágrimas se le instaló en la cabeza sin que ella lo pretendiera.
Meditabunda, Melissa buscó a Tyson con la mirada. Allí estaba, escrutándola. Tenía la frente arrugada y las cejas crispadas, contraídas por el pesar...
Melisa sufrió un nuevo estremecimiento.
—¿Tienes frío? ¿Quieres mi...? —Cooper se desembarazó de la chaqueta de su esmoquin y de pronto, azorándose, se quedó paralizado—. No puedes tener frío. Aquí hace un calor espantoso —dijo sin mucha convicción, volviendo a enfundarse la chaqueta.
—Estoy bien —le aseguró Melissa. Se obligó a observar tan sólo la aniñada y amarillenta cara de Cooper.
—Este lugar apesta —lamentó Cooper, y Melissa asintió, feliz por la coincidencia de sus opiniones—. Podríamos ir al club de campo de mi padre. El restaurante es excelente, o sea que si te apetece un postre, es el lugar indicado. No tendremos que esperar por la mesa. En cuanto oigan mi nombre...
Melissa volvió a perder la concentración.
«¿Por qué estoy aquí con este petimetre enano? —le dijo la extraña voz de sus pensamientos, que, curiosamente, era la suya propia—. Es un pelele. ¿Qué más da que no haya matado una mosca en su vida? ¿Es que la seguridad es lo único que el amor puede ofrecer? No siento esa necesidad en el vientre al ver a Cooper que si siento junto a Tyson... No debo mentirme a mí misma. Todavía quiero estar con él. Sí, quiero estar con él. ¿No es eso amor?»
Melissa deseó no haber bebido tanto de aquel ponche infame y aguardentoso. No le permitía pensar con claridad.
Vio cómo Tyson dejaba a su pareja plantada y atravesaba la pista de baile hasta situarse a su lado; allí lo tenía, al perfecto modelo de héroe de los deportes, ancho de hombros y viril. Le pareció que Cooper, todavía allí, se volvía invisible.
—Melissa —le dijo Tyson con voz melosa mientras la aflicción le retorcía las facciones—. Melissa, por favor —ignorando las quejas que Cooper farfullaba, alargó una mano hacia ella.
«Sí, sí, sí, sí», gritaba la voz en su cabeza.
La invadieron un millar de recuerdos lujuriosos, y su mente, confusa, capituló.
Titubeante, Melissa asintió.
Tyson sonrió, aliviado, jubiloso, y, tras hacer a Cooper a un lado, la abrazó.
Era tan sencillo dejarse llevar por él. Melissa sintió que la sangre, ardiente, le recorría las venas a gran velocidad.
—¡Sí! —siseó la chica pálida de cabello oscuro, oculta en el excusado, y una lengua viperina de fuego le tiñó la cara de rojo. Las crepitaciones de la combustión generaban un fragor que cualquiera habría oído de no ser por las irritadas voces que disputaban en el cuarto de baño.
Las llamas remitieron, y la chica inhaló una bocanada de aire. Se le agitaron los párpados por un instante, y después cerró los ojos. Apretó los puños con tal fuerza que la piel se le tensó casi hasta rasgársele en la zona de los nudillos. Su esbelta figura comenzó a temblar, como si estuviese acarreando una montaña. La tensión, la determinación y la expectación formaban a su alrededor un halo casi visible.
Cualquiera que fuese el cometido que se había propuesto, saltaba a la vista que llevarlo a cabo era cuestión de suma importancia.
—Cooper —siseó, y el fuego se le asomó por la boca, la nariz y los oídos. Tenía el rostro bañado en llamas.
«Como si fueras insignificante. Como si fueras invisible. ¡Como si no existieses!» Cooper vibraba de furia, y las palabras que sonaban en su cabeza alimentaron su rabia, la llevaron al extremo.
Automáticamente, se llevó una mano hacia el bulto que ocultaba en la chaqueta, en la zona de la espalda. La impresión de contemplar la pistola desvirtuó su ira y lo hizo parpadear, como si acabara de despertarse de un mal sueño.
El vello del cuello se le erizó. ¿Qué estaba haciendo en la fiesta con un arma? ¿Estaba loco?
Aquello era una barbaridad, pero, por otra parte, ¿qué otra cosa podía hacer si Warren Beeds le había dicho que era un fanfarrón descerebrado? Vale, quedaba claro que el sistema de seguridad del instituto era un chiste, que cualquiera podría colarse llevando lo que le viniese en gana. Lo había demostrado, ¿no? Sin embargo, ¿valía la pena tener aquella pistola en el baile por la sencilla razón de poder enseñársela a Warren Beeds?
Observó a Melissa. Tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el hombro de aquel forzudo imbécil. ¿Es que se había olvidado de él de golpe y porrazo?
La furia volvió a revolvérsele en las entrañas, y se llevó las manos a la espalda.
Esta vez, Cooper sacudió la cabeza con vigor. Qué locura. No había traído la pistola para aquello... Era tan sólo una broma, una travesura.
«Pero mira a Tyson. ¡Mira esa sonrisa de superioridad, de engreimiento que le cruza la cara! ¿Quién se habrá creído que es? ¡Si su padre no es más que un jardinero sobrevalorado! Se confía creyendo que no voy a hacer nada ante el hecho de que me haya robado la pareja. Ni siquiera se acuerda de que ella vino conmigo. Y si se acordara, tampoco le importaría. Y Melissa; Melissa ha olvidado que existo.»
Cooper apretó las mandíbulas, presa del resentimiento. Imaginó cómo desaparecería la mueca de superioridad de la cara de Tyson, cómo se transformaría en miedo y terror en cuanto se enfrentase al cañón de la pistola.
Pero, como si recibiera una bofetada, Cooper volvió a la realidad.
«Ponche. Me hace falta más ponche. Es barato y malo, pero por lo menos es fuerte. Después de unos buenos tragos de ponche, tomaré una decisión.»
Inhalando aire para recomponerse, Cooper se encaminó a la mesa en la que se servían las bebidas.
Contrariada, la chica de cabello oscuro, en el cuarto de baño, frunció el ceño y sacudió la cabeza. Respiró hondo unas cuantas veces y, luego, con voz gutural, susurró:
—Hay tiempo de sobra. Un poco más de alcohol que le nuble la mente, que se apodere de su voluntad... Paciencia. Hay muchos otros a los que prestarles atención, multitud de detalles que aguardan su turno...
Apretó las mandíbulas y pestañeó de nuevo, varias veces, durante largo rato.
—Primero, Matt y Louisa, y después, Bryan y Clara —se dijo, como si estuviera elaborando una lista—. ¡Ah, y luego ese entrometido, Gabe! ¿Por qué aún no sufre? —volvió a tomar aire—. Es momento de que mi pequeña ayudante vuelva al trabajo.
Se apretó las sienes con los puños y cerró los ojos.
—Celeste —masculló.
La voz que le invadió la cabeza a Celeste era conocida, casi deseada. Últimamente, sus mejores ocurrencias llegaban por aquella vía.
«Mira qué cómodos están Matt y Louisa.»
Celeste le dedicó una sonrisa a la pareja en cuestión.
«Se lo pasan bien, ¿verdad? Ahora, ¿es eso justo?»
—Debo irme... —intentando recordar su nombre, Celeste escudriñó el rostro de quien estaba con ella—... Derek.
Los dedos del chico, que le ascendían por las costillas, se quedaron paralizados.
—Ha estado bien —le aseguró Celeste, frotándose los labios con el dorso de la mano como para borrar cualquier rastro que hubiera podido quedar de él. Se apartó.
—Pero Celeste... Yo creía que...
—Ya, hasta luego.
Celeste se dirigió hacia Matt Franklin y su chica, aquel ratoncillo de nombre prescindible, con una sonrisa tan afilada como una hoja de afeitar. Durante un segundo, se acordó de su pareja oficial para el baile —el casto y puro Gabe Christensen— y le entraron ganas de reír. ¡Qué bien se lo debía de estar pasando aquella noche! La humillación a que lo estaba sometiendo hacía que valiese la pena que hubiera ido a la fiesta con él, si bien no acababa de ver el motivo que la había llevado a decirle que sí. Celeste sacudió la cabeza para desprenderse de aquel recuerdo exasperante. Gabe la había mirado con aquellos ojos azules e inocentes y —durante unos treinta segundos— ella había querido decirle que sí. Había querido acercársele. En aquel breve instante, había barajado la posibilidad de aplazar sus refinados planes y dedicarse a pasar un rato agradable con un chico agradable.
¡Uf! Cuánto se alegraba de haber rechazado aquel horrible pensamiento bonachón. Celeste se lo estaba pasando como nunca. Le había estropeado la noche a la mitad de las chicas que estaban en la sala y había logrado que la mitad de los chicos se pelearan por ella. Los hombres eran todos iguales, y además eran todos para ella, sus conquistas. Había llegado el momento de que el resto de chicas se dieran cuenta de ello. ¡Aquella estrategia de dominación general de la fiesta había sido una verdadera genialidad!
—Hola, Matt —saludó Celeste con voz zalamera, dándole una palmadita en el hombro.
—Ah, hola —respondió Matt, mirándola con expresión confusa.
—¿Te importa si te rapto un momento? —le preguntó Celeste, aleteando con las pestañas y echando los hombros hacia atrás para que las luces le iluminaran las clavículas—. Hay algo que... quiero enseñarte —Celeste se lamió los labios.
—Ah —Matt tragó saliva, visiblemente conmocionado.
Celeste notó que los ojos del chico con el que acababa de estar se le clavaban en la espalda, entre otras cosas, adivinó, porque Matt era su mejor amigo. Ahogó una risita. Más que perfecto.
—¿Matt? —intervino la chica que lo acompañaba con voz herida al ver que él le soltaba la cintura.
—Será sólo un segundo... Louisa.
¡Ja, ja! ¡Ni siquiera él se acordaba del nombre del ratoncillo! Celeste aprovechó para deslumbrarlo con su sonrisa.
—¿Matt? —insistió Louisa, estupefacta y dolida, mientras Matt tomaba de la mano a Celeste y la seguía hacia el centro de la pista de baile.
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